¿Ciencia? ¿Qué ciencia?

T. S. Grigera: Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (CONICET La Plata, UNLP, CIC)

En Argentina, como en otros países del sur, ocurre un fenómeno llamado fuga de cerebros: jóvenes universitarios de distintas disciplinas científicas, formados mayoritariamente en la Universidad pública, emigran y desarrollan su carrera contribuyendo al desarrollo del conocimiento científico o técnico en algún país del norte. ¿Por qué se van?

La respuesta parece evidente: en Argentina los científicos no pueden trabajar razonablemente. Aquí “no se apoya a la ciencia”. Los científicos “no tienen campo”. A “los políticos”, la ciencia no les importa y por lo tanto no hay presupuesto suficiente para investigar. Los que son buenos se van “porque no tienen más remedio”.

El lector habrá escuchado más de una vez frases de este tipo, pronunciadas muchas veces por científicos. Sin embargo, dichas así, no pasan de lugares comunes. Porque, ¿qué significa “apoyar a la ciencia”? Si tomamos al azar un laboratorio, por ejemplo, en La Plata (cualquier ciudad argentina daría igual), y lo comparamos con uno equivalente en, digamos, Ginebra, casi seguramente lo encontraremos inferior a este último en múltiples aspectos. Pero lo mismo sucederá si comparamos los trenes que parten de La Plata con los que parten de Ginebra, los hospitales, o las viviendas (especialmente entre los extremos más pobres de ambas ciudades). Independientemente de que entre las causas de las diferencias en laboratorios, trenes, hospitales y viviendas haya probablemente varios puntos en común, es evidente que pretender un laboratorio ginebrino en una ciudad como La Plata no sólo es poco realista: sobre todo, es poco ético.

Esto no quiere decir que tengamos que renunciar a condiciones apropiadas de trabajo. Pero sí que la definición de “apropiadas” requiere de una gran dosis de responsabilidad. “Hay que apoyar a la ciencia” ciertamente no puede querer decir que el estado tiene que garantizarme, como científico, medios y salarios similares a los del norte para trabajar en investigación en el tema que a mí se me ocurra, por más “nivel internacional” que tenga mi curriculum o mi plan de trabajo.

Pero entonces, ¿qué quiere decir “apoyar a la ciencia”? ¿Y por qué hay que apoyarla? ¿Se puede hacer ciencia en Argentina? ¿Tiene sentido intentarlo? ¿No será la ciencia un lujo que Argentina no puede darse? ¿No habrá que esperar a alcanzar cierto grado de desarrollo antes de dedicar parte de nuestros recursos a la investigación científica? ¿Qué rol cabe a los científicos que no se van, a los que vuelven (porque también hay de esos)?

Podríamos responder con las palabras de Jawaharlal Nehru: “Sólo la ciencia puede resolver los problemas del hambre y la pobreza, de la insalubridad y el analfabetismo […] ¿Quién puede darse el lujo de ignorar a la ciencia en estos tiempos?” Y sería una excelente respuesta, siempre y cuando supiéramos qué significa, y, sobre todo, estuviéramos dispuestos a trabajar muy duro para construir un sistema de ciencia y técnica digno de esa respuesta. Porque tenemos que admitir que la cadena causal entre la creación de buenos grupos de investigación en, digamos, física de sistemas desordenados o neurotransmisores, y el descenso de las tasas de mortalidad infantil o desnutrición no es tan obvia como para que cualquiera la perciba a primera vista.

En realidad, la mera existencia de grupos de investigación científica, aunque sean de “nivel internacional”, no garantiza que el país tomará la senda del desarrollo socioeconómico, cualquiera sea el sentido que se le dé a este último. Nehru continúa diciendo: “A cada paso tenemos que recurrir a su ayuda [de la ciencia]”. Esto es: la ciencia genera conocimiento, pero a ese conocimiento hay que usarlo. En palabras de Marcelino Cereijido: la cuestión no es apoyar a la ciencia, sino apoyarse en la ciencia.

Argentina, entonces, ¿recurre a la ayuda de la ciencia? Si lo hace, ¿se vale de ciencia propia o compra ciencia ajena? ¿Nos dirigen preguntas a los científicos argentinos? Es cierto que alguna vez nos mandaron a lavar los platos, pero ¿y si no lo hicieran? Si nos formulan preguntas pertinentes, ¿sabemos responder? ¿Puede Argentina apoyarse en su sistema científico-tecnológico para crecer? Los científicos argentinos, ¿producimos el conocimiento que Argentina necesita? Pero, ¿qué conocimiento necesita Argentina? ¿Qué ciencia tiene Argentina y qué ciencia necesita Argentina? ¿Cómo hay que hacer para cerrar el circuito retroalimentado entre la producción y el uso del conocimiento?

No tengo respuestas a esas preguntas; o más bien tengo respuestas parciales, más o menos discutibles. Pero el objetivo de esta nota no es proponer respuestas, sino señalar que esas preguntas deben ser formuladas y respondidas, que responderlas es una necesidad urgente, y que una parte importante de las respuestas ha de provenir de los propios científicos.

Por si no queda claro: contestar esas preguntas equivale a formular una política científica. Y esa política no está desvinculada de otras cuestiones nada sencillas, tales como qué clase de desarrollo queremos, para quiénes y para cuántos. Porque la política científica no es sólo una cuestión técnica que habrá de ocupar a especialistas, sino ante todo y justamente, una cuestión política, esto es, una cuestión de poder, de su ejercicio y distribución. Luego, todos son llamados a opinar, y en particular los científicos, actores y ejecutores últimos de las políticas resultantes.

Dedicar parte de nuestro tiempo a discutir estas cuestiones es parte de nuestra responsabilidad, tanto o más que publicar el próximo paper o escribir el próximo pedido de subsidio. Y lo mismo podemos decir de la construcción de un sistema de ciencia y tecnología consecuente con las respuestas que demos.

La formación de un científico es larga y difícil. Requiere de cierto talento y de mucho esfuerzo y perseverancia. Hemos invertido mucho, y han invertido mucho en nosotros. Seguir adelante automáticamente, sin una idea acerca de cómo contestar esas preguntas es tirar a la basura esfuerzo propio y ajeno.

Claro que es más fácil evitar las preguntas, porque entonces podemos seguir tranquilamente el camino seguro para desarrollar una carrera “exitosa”. Se trata de un itinerario que exige cierto esfuerzo, pero que está trazado de antemano: publicar mucho (no importa de qué calidad), asistir a congresos, obtener subsidios, ocupar cargos docentes (aunque no nos interese dar clases), dirigir alguna tesis. Haciendo todo eso prolijamente durante algunos años lograremos ascensos, ganaremos nuevos concursos, obtendremos más subsidios, quizás algún premio. Llegaremos a ocupar puestos en comisiones asesoras y cargos directivos. Y desde allí podremos controlar que nuestros sucesores hagan lo mismo que nosotros, para recompensarlos del mismo modo.

Pero cuando empezamos a estudiar ciencia (hace tanto y tan poco), seguro que era para otra cosa…

 

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