Becarios

La presente nota fue publicada como Editorial en el número 105 de la revista Ciencia Hoy y se reproduce con autorización de la Asociación Civil Ciencia Hoy.

En los últimos tiempos se han difundido diversos reclamos de naturaleza política y gremial de un grupo de becarios que adoptó el nombre de “jóvenes científicos precarizados”. Sus reivindicaciones son principalmente de dos clases. Unas (que no comentaremos en lo que sigue) se refieren a la política oficial de ciencia y tecnología; por ejemplo, que las acciones derivadas de esa política no se financien con recursos de la banca internacional de fomento, como el BID o el Banco Mundial, o que los becarios participen en la dirección de las instituciones científicas. Las otras reivindicaciones, de las que trata el presente editorial, apuntan a las condiciones de desempeño de los becarios en el sistema formal de investigación científica y tecnológica de la Argentina.

El grupo reclamante está principalmente integrado por becarios de CONICET y de otros organismos, es decir, por estudiantes de postgrado que preparan su doctorado con la ayuda de una beca de esas entidades, y por aquellos que, habiéndolo alcanzado, accedieron a una beca postdoctoral para completar su formación científica. ambas etapas -la doctoral y la postdoctoral- son parte tradicional y aceptada de los inicios de una carrera en la ciencia, realizada habitualmente en el medio académico, aunque también, con menos frecuencia, fuera de él. Esto ha sido y es así tanto en Argentina como en la mayoría de los países con un sistema científico institucionalizado.

Entre los principales reclamos que nos interesa comentar se cuenta un cambio radical en el concepto de becario. Buscan los integrantes del grupo que dicho concepto sea substituido por el de ‘investigador en formación’, lo que significaría abandonarla figura habitual del estudiante de postgrado subsidiado y cambiaría por la de un trabajador sujeto, con ciertas restricciones, a la legislación laboral. Así, los portavoces del grupo defienden el otorgamiento a los becarios de ‘plenos derechos laborales’, incluidos ‘vacaciones, obra social, aportes jubilatorios, aguinaldo, salario familiar, licencias por enfermedad y maternidad, etcétera’. Afirman que “investigar es trabajar”, frase que toman como uno sus lemas centrales. Sostienen que los becarios realizan ‘tareas de investigación, lo cual constituye una actividad laboral’, y que por ello son o deberían ser empleados de los entes que asignan becas, aunque aclaran que llevan a cabo esas tareas ‘mientras completan su formación académica’. Estas inquietudes, con los argumentos que las sustentan, fueron recogidas por la diputada nacional Norma Morandini, que hacia fines de 2007 presentó en la Cámara de Diputados un proyecto de ley que las incluye.

Las autoridades del nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología acogieron los reclamos con escaso entusiasmo. En particular, se apresuraron a señalar que no existe relación laboral entre los organismos otorgantes de becas o, en ultima instancia, entre el Estado, cuya estructura esos organismos integran, y los becarios de ciencia y tecnología. También manifestaron que aceptar el reclamo conduciría a la reducción del número de becas debido al mayor costo de cada una, por la incidencia de las llamadas cargas sociales. Excluyeron, en consecuencia, la posibilidad de transformar el régimen de becas en un contrato laboral, sin por ello oponerse a realizar modificaciones parciales a dicho régimen.

Independientemente de la forma en que se realizaron los reclamos, e incluso de las medidas propuestas por los reclamantes y recogidas en el proyecto de la mencionada legisladora, creemos que los hechos comentados ponen en evidencia determinados desajustes que sería oportuno discutir con minuciosidad y procurar corregir. La principal corrección propuesta, sin embargo, de transformar al becario en asalariado, o, si se prefiere, al estudiantes de postgrado en trabajador, va más allá de esos desajustes y constituye una innovación substancial.

Para analizar esa innovación conviene distinguir lo esencial de los accesorio. Lo esencial es establecer, dejando de lado preferencias semánticas, si quienes emprenden un doctorado, y luego un período de formación postdoctoral, como pasos iniciales del camino que conduce a una carrera en la ciencia (en el medio académico, en organismos técnicos de la administración pública o en empresas), llevan a cabo una tarea laboral o se trata de estudiantes avanzados. Planteada así la cuestión, no tenemos dudas de que nos encontramos ante lo segundo y que, por ende, lo que realizan las personas en cuestión no son actividades laborales sino estudios superiores o, si se prefiere, ejercicios de aprendizaje profesional. Serían, recurriendo a un antiguo concepto aún vigente en ciertos países y profesiones, “aprendices de investigador”, aunque esta afirmación podría relativizarse para los becarios postdoctorales.

Para adaptar el concepto de aprendiz al contexto académico, hay que tener en cuenta una diferencia sustancial entre la profesión de investigador y otras profesiones. Esa diferencia es la libertad académica. Si objetivo de los becarios, como aprendices de investigador, es adquirir la capacidad de generar conocimiento, es requisito esencial para lograrlo que “su aprendizaje promueva su creatividad y autonomía de criterio y reuna las condiciones básicas para que se ejerciten en el pensamiento independiente”.

Los instrumentos utilizados para alcanzar estos propósitos son varios: cursos avanzados, seminarios, participación en tareas de investigadores formados, experimentos propios de laboratorio, trabajos de campo, concurrencia a congresos científicos, entre otros; culminan en la realización de la tesis doctoral que consista en resolveralguna cuestión no resuelta o en responder alguna pregunta no contestada, es decir, sea el resultado de un proceso completo de investigación llevado a cabo en un marco didáctico bajo la guía de un director. Si bien muchas veces las tesis exitosas ya constituyen aporte originales al conocimiento, el producto esencial del proceso es formar investigadores que continuarán y, con el tiempo, modificarán las líneas de pensamiento aprendidas de sus maestros y directores.

Este mundo se compadece mal con el concepto de actividad laboral, que tiene una orientación práctica y evoca un mundo subordinado a fines que le son fijados por otros. Sobre estas bases, creemos que los becarios se hacen un triste favor y no benefician al sistema académico cuando reclaman derechos laborales y eligen el carácter de asalariados. Avanzar por esa vía pierde de vista que la pertenencia al sistema científico carece de sentido si no se preserva a ultranza la independencia de criterio y de pensamiento, es decir, la libertad académica. Además llevaría al sistema científico un trecho más allá por la vía de la burocratización y la pérdida de creatividad, por la que ha avanzado mucho más de lo necesario, con consecuencias sumamente negativas. Lo dicho, sin embargo, nada tiene que ver con las condiciones materiales del desempeño de la función académica, a las que es necesario atender adecuadamente para el buen funcionamiento del sistema científico. Nos referimos, entre otras, al monto de los estipendios, al cuidado de la salud, al vínculo con el sistema previsional.

Tienen razón los becarios en reclamar que se atiendan mejor sus necesidades personales, cosa que “Ciencia Hoy” apoya sin reservas y que se puede hacer perfectamente sin cambiar la figura de estudiante avanzado por la de trabajador. Comprendemos el argumento de que, muchas veces, los becarios terminan convertidos en los proletarios del sistema científico, porque son utilizados como mano de obra barata y sumisa por sus jefes de grupos de investigación. Esas situaciones ponen en evidencia serias irregularidades, que deben ser corregidas eliminando el abuso y no haciendo respetable la explotación por el reconocimiento de derechos laborales a los explotados.

Conviene no perder de vista que la formación doctoral bajo la guía de maestros o en el seno de grupos de investigación constituye para los becarios una etapa crucial (además de extraordinariamente estimulante) de su carrera académica. Por ello es necesario librarlos de exigencias laborales que tengan propósitos ajenos a su formación y los podrían asimilar ameros asistentes de investigación o de laboratorio (lo que no excluye la realización de tareas rutinarias o incluso manuales, así como las realizadas con la administración de los proyectos, emprendidas con objetivos didácticos, porque dominarlas es tambiénparte deloficio que procuran aprender).

Tienen también razón las autoridades del Ministerio de Ciencia y Tecnología en rechazar la exigencia de los becarios de transformarse en asalariados. Pero no sería oportuno que dejaran las cosas allí. Esta sería una buena ocasión para hacer reformas mucho más ambiciosas que las reclamadas y, recuperando algo de vitalidad y creatividad que tuvieron los organismos de promoción científica en sus tiempos fundacionales, poner a la producción científica delpaís en condiciones más acordes con el actual contexto nacional y mundial.

Con la energía propia de un nuevo ministerio, es una oportunidad que no sería bueno desaprovechar. Un análisis sereno de los distintos sistemas de formación de investigadores en el resto del mundo, en el que participen autoridades y equipos técnicos del ministerio, legisladores, científicos formados y losmismos becarios, quizás arroje luz sobre el tema y conduzca a ponerse de acuerdo sobre soluciones. Estamos en momentos de construir nuevos caminos, por lo que sería una pena que el debate se planteara en términos corporativos, como una puja entre intereses de los diferentes sectores, y se centrara en buscar argumentos a favor o en contra de esos intereses. Como en cualquier investigación, analicemos los datos, tomemos distancia, reflexionemos y formulemos con creatividad las soluciones.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *